Históricamente, cada vez que Argentina arrancó durante dos o tres año, llegó primero a la escasez de divisas, corrida cambiaria y devaluación que a completar el tránsito al pleno empleo de sus recursos productivos. Hoy luce como la primera vez en mucho tiempo que el país, después de un ciclo extendido de alto crecimiento, arriba primero al pleno empleo que al déficit externo. Con un salario en dólares 13% más bajo que el de 2001 (en el mismo lapso, el salario en dólares aumentó 23% en USA y 75% en Brasil) y amplias reservas en el BCRA, estamos entrando en un período de incertidumbre electoral con un tipo de cambio cercano al equilibrio. Equilibrio, claro, sin computar los movimientos espasmódicos en la cuenta capital de origen extra económico -pelea política, puja distributiva, inseguridad, etc-.
La decisión del Gobierno de anticipar las elecciones nacionales adelantó de noviembre a julio las dudas respecto a la evolución de la economía para el día después. Y esto es así, porque más allá del creciente clima de confrontación generado por la campaña política, el margen de maniobra de la política económica es elevado para el nuevo período pre electoral; en otras palabras Argentina nunca cae en Mayo y Junio, los dos mejores meses del año en cuanto a la disponibilidad de recursos fiscales y divisas. En efecto, el período previo a las elecciones coincide con la mayor oferta de dólares en la economía derivada del sector externo (en mayo y junio la liquidación de exportaciones del agro es 38% más alta que el promedio del resto del año), en tanto del lado fiscal también coincide con la mayor estacionalidad de los recursos tributarios (en mayo y junio la recaudación es 20% más alta que el promedio) generando además, un horizonte más corto de “gasto electoral”. Es esta estacionalidad la que va a permitir mantener el tipo de cambio más o menos estable hasta fines de junio, compensando buena parte de la acostumbrada salida de capitales previa a todas las elecciones.
Una campaña corta con la imposibilidad práctica de espiralizar la suba del Gasto público, permitiría eventualmente un mejor manejo de la macroeconomía para después de las elecciones; la vuelta al mercado internacional de capitales y/o al financiamiento de organismos multilaterales de crédito, más que relevante para disipar las dudas sobre la capacidad de pago de la deuda, podría realizarse cinco meses antes de lo previsto en el calendario anterior. Con una economía mundial haciendo piso en julio-agosto –opinión que sigo manteniendo contra la corriente- son altas las probabilidades de volver a estabilizar la macroeconomía argentina y de volver a crecer. Nada mal, si nos atenemos a la historia de crisis recurrentes con disrupción financiera que sufrió nuestro país cada siete años en los últimos 33 años.
Hoy la política afecta más a las expectativas, que la propia salud de la economía. Si al Gobierno le va razonablemente bien en las elecciones, los incentivos a mantener y mejorar los equilibrios macroeconómicos van a ser muy altos. Si le va mal, podría llegar a decidir en algún momento que no vale la pena perseverar en el esfuerzo.
*Economista y Director de Estudio Bein & Asociados.